¿Qué es la identidad? La verdad que muy bien no sé. Creo que es eso que hace que nos identifiquemos y nos diferenciemos de otros, nos da un marco en el cual decir "yo soy esto y no soy otra cosa". Pero es extraño. La mayoría de las cosas que se dice que nos dan identidad son cosas que no hemos elegido. Cosas impuestas por obligación o por azar. No elegimos el nombre que nos ponen. No elegimos cuando nacer, dónde vivir o a qué escuela ir. No elegimos a nuestros padres, abuelos, tíos. No elegimos la lengua en la cual hablamos. Y tanto con estos ejemplos como en otros se da la misma repetición. No tenemos posibilidades de constituir una identidad propia hasta llegar a una cierta edad, una cierta etapa de la vida, donde parecería que somos más libres y más independientes de todo aquello que hasta el momento nos daba identidad. Pero no sé si será realmente así. Cuando parece que lo es, comienzan la crisis, las preguntas incomodas. ¿Quién soy yo? Soy mujer, soy joven, soy hija, soy hermana, soy amiga, soy compañera, soy estudiante, soy argentina. ¿Soy argentina? ¿Qué es eso? Es una categoría impuesta. Yo no elegí ser "argentina", con todo lo que eso implica. Y esa, actualmente, es una de las categorías que más problemática me resulta en lo que a identificarme se refiere.
(continúa)
domingo, 28 de septiembre de 2008
martes, 29 de julio de 2008
Una vez más se presenta la oportunidad de llegar más alto y dejar de sentir el vacío al que la vida nos tiene acostumbrados. Otro rostro, otra voz, un latido diferente que choca contra mí, desafiando mis esquemas y las fortalezas de cartón. Ya no alcanza con escalar la torre más alta: de ahora en más hay que poder derribar los muros. ¿Qué sentido tiene barajar y dar de nuevo si no cambiamos el juego? Apostemos lo que hay y lo que no, también; apaguemos de una vez por todas esa atrevida luz intermitente que grita de miedo con cada caricia bien hecha. Yo confío y le doy la chance al futuro de sorprendernos. Hasta ahora, no deja de hacerlo, y de hacerlo bien.
un desvelo creativo
Beli: y cuando te tengo enfrente me reduzco a un niño. En ese preciso momento, mi cerebro involuciona años luz y predomina el instinto. Creo que huelo en vos los mismos sentimientos que hacen eco dentro de mi pecho pero no me animo a preguntarte. Por miedo a que sea solo un eco, y solo en mi pecho. Creo, creo, creo.
Anu: ¿y qué es la vida sino una suma de creencias? por empezar, el creer que estamos aquí, que somos esto y no otra cosa. nuestra fe construye y mantiene en inestable equilibrio a ese castillo de naipes que representa nuestro existir. y a pesar de que a veces el viento se vuelva huracán y voltee cada carta del revés, nuestra fe junta las piezas y la vuelve a construir. y en el momento que no es capaz de hacerlo, cuando la fe se pierde y la desesperanza borra el reflejo en todos los espejos, ya no hay más que decir: la vida se escapó por la cornisa.
s o l o s é q u e m i s a m i g o s s o n t o d o l o q u e s o y.
Anu: ¿y qué es la vida sino una suma de creencias? por empezar, el creer que estamos aquí, que somos esto y no otra cosa. nuestra fe construye y mantiene en inestable equilibrio a ese castillo de naipes que representa nuestro existir. y a pesar de que a veces el viento se vuelva huracán y voltee cada carta del revés, nuestra fe junta las piezas y la vuelve a construir. y en el momento que no es capaz de hacerlo, cuando la fe se pierde y la desesperanza borra el reflejo en todos los espejos, ya no hay más que decir: la vida se escapó por la cornisa.
s o l o s é q u e m i s a m i g o s s o n t o d o l o q u e s o y.
domingo, 20 de julio de 2008
...
Ella se encontraba al costado de la cama, viendo como en su agonía se retorcía en sueños. Habían pasado varias horas y seguía ahí, a su lado, tomándole las manos, con los ojos cerrados y las lágrimas cayendo de una sobre sus mejillas, en un lamento lento y desgarrador. Solo levantaba los párpados de vez en cuando para volver a observar sus manos, como tantas veces lo había hecho en su vida juntos.
Esas manos, fuertes, rozagantes, estaban llenas de marcas de una vida siguiendo rumbos ajenos a su primer destino. Su blancura contrastaba con pequeñas cicatrices, que en vez de agrietar su aspecto las embellecía más aún. Sus manos decididas y valientes, como todo en él, que incontables veces han recorrido su cuerpo suavemente, con caricias improvisadas o adrenalina pasional, que le han arrancado las ropas y la vergüenza, esas manos que han rozado sus labios y detenido su prisa, hoy se encuentran frías, inmóviles, azuladas. Encarnan una muerte que se aproxima sin poder siquiera robarle unos segundos más de alegría: el espanto hecho carne.
Ella continúa extrañandolo en el silencio de su agonía: ¿cuántos han sentido calor antes desconocido gracias a esas manos en principio extrañas, luego amistosas y por último necesarias? ¿Cuántos lo lloraran mañana, como ya lo hacen ahora, cuando ya no esté? La promesa de un nuevo rumbo para los pueblos cansados quiere irse junto con la vida de este hombre, que supo luchar con todo el dolor de su espíritu para y junto a otros. Pero no es lo que el querría: él continuaría, sin descanso posible, continuaría esa búsqueda de justicia para aquellos que gastan su vida soñando una sola palabra, una sola realidad: libertad.
Ella se levanta, limpia sus lágrimas, le besa las manos. El mundo no se detiene, y ella debe ocupar ahora su lugar.
Esas manos, fuertes, rozagantes, estaban llenas de marcas de una vida siguiendo rumbos ajenos a su primer destino. Su blancura contrastaba con pequeñas cicatrices, que en vez de agrietar su aspecto las embellecía más aún. Sus manos decididas y valientes, como todo en él, que incontables veces han recorrido su cuerpo suavemente, con caricias improvisadas o adrenalina pasional, que le han arrancado las ropas y la vergüenza, esas manos que han rozado sus labios y detenido su prisa, hoy se encuentran frías, inmóviles, azuladas. Encarnan una muerte que se aproxima sin poder siquiera robarle unos segundos más de alegría: el espanto hecho carne.
Ella continúa extrañandolo en el silencio de su agonía: ¿cuántos han sentido calor antes desconocido gracias a esas manos en principio extrañas, luego amistosas y por último necesarias? ¿Cuántos lo lloraran mañana, como ya lo hacen ahora, cuando ya no esté? La promesa de un nuevo rumbo para los pueblos cansados quiere irse junto con la vida de este hombre, que supo luchar con todo el dolor de su espíritu para y junto a otros. Pero no es lo que el querría: él continuaría, sin descanso posible, continuaría esa búsqueda de justicia para aquellos que gastan su vida soñando una sola palabra, una sola realidad: libertad.
Ella se levanta, limpia sus lágrimas, le besa las manos. El mundo no se detiene, y ella debe ocupar ahora su lugar.
Me cuesta mucho expresar lo que siento en estos días, me está faltando inspiración. Las palabras ya no vienen a mí con tanta facilidad como de costumbre... es por eso que contar lo que tengo adentro en estos instantes se vuelve una tarea un tanto complicada. Sucede a veces que me encuentro rodeada de gente que dice quererme con toda su alma, pero me siento sola y confundida como si en realidad estuviera varada en un desierto vasto y helado. No tengo el poder de juzgar a nadie, eso lo sé, pero las formas de reaccionar ante el mundo que rodea sus pequeñas existencias choca a toda velocidad con mis puntos de vista, y el resultado es un ahogo violento de mi parte y ágil cambio de tema por parte de mis interlocutores. Me hago esta pregunta: ¿el individualismo tiene que ver con la inmadurez? ¿O es algo que viene dado con la crianza, con los discursos que nos atraviesan cada día sin que podamos notarlo, con la educación o la tradición? A la hora de las quejas todos tienen la última palabra, fuerte y pragmática como si se hubiera entrenado, pero si alguien habla de pensar soluciones lo que sobran son las risas, burlas o vacío de ideas. No sé si si existirá alguna forma de revertir esas malditas costumbres, pero si sé que necesito verdaderas conversaciones para sentirme útil, no monologos interconectados por cariño histórico.
martes, 24 de junio de 2008
El amor en tiempos modernos
Todos los días se escucha la misma puta pregunta: "¿estás de novio/a?" y de ser la respusta negativa, la contrapregunta: "¿ah no? ¿por qué?". Más que ningún otro medio, la televisión nutre de ese esceptisismo hacia la soledad sea cual sea su forma. Es obligatorio estar en pareja. Es obligatorio estar enamorado. ¿Estar enamorado dijiste? ¿Seguro?
El concepto y la idealizacion del amor en los jóvenes en estos tiempos remite a la necesidad de salvación, de ser salvados de la catástrofe que representa la realidad. Necesidad de que un sentiemiento nos mantenga aislados del sufrimiento colectivo que se hace presente en casi todos los ámbitos que hay que transitar cotidiana y obligatoriamente. A diferencia de los años 60 y 70, el amor no es símbolo de libertad, no potencia la energia revolucionaria: funciona como un sedante, una venda en los ojos. Es la síntesis de un individualismo que puede vivirse de a dos: "mientras te tenga a mi lado, el mundo no puede hacerme daño". Se desaprovecha la potencia creadora del amor en pos de emular una seguridad que no existe.Encerrarse en una burbuja no duele tanto si se tiene con quien compartir ese espacio reducido de negación. Se pone en manos del otro el bienestar, se vive de ilusiones y de estereotipaciones comerciales. Se corta el hilo que nos conecta con otros y nos deja dentro de un círculo vicioso; la ilusión, como es evidente, no dura por siempre. Cuando lo novedoso se acaba, cuando la rutina asfixia, se recuerda que lo ahí afuera existía un mundo. Y se emprende el traumático regreso a él. Los que no aprenden de su error, lo repiten por el resto de su historia.
Aprender del error: el amor no es un producto que se vende en la góndola del supermercado o se mira por TV. El amor es algo vivo, es energía, y como tal, no se pierde: se transforma. Aprender a transformar ese noble sentimiento en impulso generador de algo mucho mayor. Generador de una verdadera conexión, no solo con el otro, sino con otroS, con el mundo.
El concepto y la idealizacion del amor en los jóvenes en estos tiempos remite a la necesidad de salvación, de ser salvados de la catástrofe que representa la realidad. Necesidad de que un sentiemiento nos mantenga aislados del sufrimiento colectivo que se hace presente en casi todos los ámbitos que hay que transitar cotidiana y obligatoriamente. A diferencia de los años 60 y 70, el amor no es símbolo de libertad, no potencia la energia revolucionaria: funciona como un sedante, una venda en los ojos. Es la síntesis de un individualismo que puede vivirse de a dos: "mientras te tenga a mi lado, el mundo no puede hacerme daño". Se desaprovecha la potencia creadora del amor en pos de emular una seguridad que no existe.Encerrarse en una burbuja no duele tanto si se tiene con quien compartir ese espacio reducido de negación. Se pone en manos del otro el bienestar, se vive de ilusiones y de estereotipaciones comerciales. Se corta el hilo que nos conecta con otros y nos deja dentro de un círculo vicioso; la ilusión, como es evidente, no dura por siempre. Cuando lo novedoso se acaba, cuando la rutina asfixia, se recuerda que lo ahí afuera existía un mundo. Y se emprende el traumático regreso a él. Los que no aprenden de su error, lo repiten por el resto de su historia.
Aprender del error: el amor no es un producto que se vende en la góndola del supermercado o se mira por TV. El amor es algo vivo, es energía, y como tal, no se pierde: se transforma. Aprender a transformar ese noble sentimiento en impulso generador de algo mucho mayor. Generador de una verdadera conexión, no solo con el otro, sino con otroS, con el mundo.
miércoles, 4 de junio de 2008
Cambiar el mundo no es lavar culpas
En este último tiempo se ha dado una constante entre diversas agrupaciones políticas, religiosas o independientes: la realización de actividades en barrios humildes dedicadas exclusivamente a los más chicos. Los encargados de coordinar esas actividades, que van desde talleres de juego hasta apoyo escolar, suelen ser jóvenes de clase media con buena formación académica organizados por grupos que tienen algún tipo de poder construído dentro del barrio. En menor medida existen grupos nucleados independientemente, quienes se enfrentan a esa falta de poder con obstáculos impuestos por los que creen manejar el lugar.
Durante las actividades, que no suelen existir más que en un día concreto, los chicos buscan contención y cariño en los jóvenes. Algunos son dóciles, dulces, y otros llevan en su forma de ser las marcas del abandono vivido en su hogar: irrespetuosos, desafiantes, incluso agresivos. Sean como sean, todos comparten en un espacio común el ser marginados desde la infancia, el crecer con un resentimiento que se hace más fuerte cada día hacia todos los demás. Entre 3 y 9 horas de trabajo con concepciones distintas frente a toda una semana llena de injusticia dentro y fuera de sus casas. ¿Cuánto de este trabajo les genera un bien particular y cuánto les crea una contradicción que sus pequeñas mentes no están preparadas para soportar? Un rato de cariño que puede no sostenerse en el tiempo frente a la violencia cotidiana. Y en esta visión no estamos teniendo en cuenta la visión de los padres. Es desligarlos de una responsabilidad que como padres deben mantener, hacerles un favor que de favor tiene muy poco. Es no meterse con el problema real. Los chicos no necesitarian talleres de recreación si sus padres pudieran jugar con ellos. No necesitarian alfabetización si el Estado se ocupara de la educación como es su obligación. No necesitarían comedores si la riqueza estuviera en manos de todos y no de unos pocos, como estamos acostumbrados.
Por otro lado, están los jóvenes que concurren al barrio alentados por esa picazón dolorosa que sienten al mirarse al espejo y ver que todo anda mal y que no hacen nada para revertirlo. La culpa del buen burgués, ahogada en asistencialismo y caridad. Creer que con dar alcanza para vivir dignamente: malinterpretar la dignidad, la solidaridad. No meterse en el problema de raíz, no enfrentar la verdadera realidad. No entender que no alcanza con caminar por las calles de un barrio para sentir lo que se vive dentro de él.
(continuar después)
Durante las actividades, que no suelen existir más que en un día concreto, los chicos buscan contención y cariño en los jóvenes. Algunos son dóciles, dulces, y otros llevan en su forma de ser las marcas del abandono vivido en su hogar: irrespetuosos, desafiantes, incluso agresivos. Sean como sean, todos comparten en un espacio común el ser marginados desde la infancia, el crecer con un resentimiento que se hace más fuerte cada día hacia todos los demás. Entre 3 y 9 horas de trabajo con concepciones distintas frente a toda una semana llena de injusticia dentro y fuera de sus casas. ¿Cuánto de este trabajo les genera un bien particular y cuánto les crea una contradicción que sus pequeñas mentes no están preparadas para soportar? Un rato de cariño que puede no sostenerse en el tiempo frente a la violencia cotidiana. Y en esta visión no estamos teniendo en cuenta la visión de los padres. Es desligarlos de una responsabilidad que como padres deben mantener, hacerles un favor que de favor tiene muy poco. Es no meterse con el problema real. Los chicos no necesitarian talleres de recreación si sus padres pudieran jugar con ellos. No necesitarian alfabetización si el Estado se ocupara de la educación como es su obligación. No necesitarían comedores si la riqueza estuviera en manos de todos y no de unos pocos, como estamos acostumbrados.
Por otro lado, están los jóvenes que concurren al barrio alentados por esa picazón dolorosa que sienten al mirarse al espejo y ver que todo anda mal y que no hacen nada para revertirlo. La culpa del buen burgués, ahogada en asistencialismo y caridad. Creer que con dar alcanza para vivir dignamente: malinterpretar la dignidad, la solidaridad. No meterse en el problema de raíz, no enfrentar la verdadera realidad. No entender que no alcanza con caminar por las calles de un barrio para sentir lo que se vive dentro de él.
(continuar después)
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